Gurdjieff y la psicología sufi mayo 30, 2010
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Este extracto del tercer tomo del libro “Historias de Belcebú a su nieto” se refiere a la famosa metáfora de indentificar al ser humano con un carruaje, considerando el carruaje, el caballo, el conductor y el pasajero.
El hombre considerado como un todo, con sus distintas localizaciones funcionando separadamente, o mejor, con todas sus “personalidades” formadas y educadas independientemente unas de otras, ofrece una similitud casi perfecta con el carruaje destinado al transporte de un pasajero, compuesto de un coche, de un caballo y de un cochero.
Es preciso notar ante todo que la diferencia entre un verdadero hombre y un pseudo-hombre, es decir, entre el hombre que tiene su propio “Yo” y el que no lo tiene, se hace evidente, en esta comparación, por el pasajero sentado en el carruaje. En el primer caso, el del verdadero hombre, el pasajero es el amo; mientras que en el segundo, el pasajero no es sino el primer transeúnte que llega, quien, como el cliente de un “coche-taxi”, cambia a cada momento.
El cuerpo físico del hombre, con todas sus manifestaciones reflejomotrices, corresponde simplemente al carruaje mismo; el conjunto del funcionamiento y de las manifestaciones del sentimiento corresponde al caballo uncido al carruaje, y del cual tira; en cuanto al cochero en su asiento, quien conduce al caballo, éste representa lo que llaman comúnmente el consciente o el pensar; finalmente, el pasajero sentado en el carruaje, y que da órdenes al cochero, es lo que se llama el “Yo”.Toda la desgracia de los hombres contemporáneos se debe esencialmente al hecho de que como consecuencia de los métodos de educación anormales infligidos por todas partes a la generación joven, la cuarta personalidad, que debería estar presente en todo hombre que ha llegado a la edad responsable, les falta por completo; y casi todas contienen únicamente las tres primeras partes enumeradas, que además se han formado por sí solas, y de cualquier manera. En otras palabras, los hombres contemporáneos de edad responsable no representan nada más que un “coche-taxi”,. y ¡en qué estado! … un coche deteriorado, cuyos días felices ya se han ido … un viejo rocinante … y en el asiento, un cochero andrajoso, medio dormido, medio borracho. que pasa el tiempo, asignado por la Madre Naturaleza para el perfeccionamiento de sí, esperando en las esquinas de las calles, perdido en sueños fantásticos, a algún pasajero ocasional. El primer transeúnte que llega lo llama, lo alquila por hora, dispone de él a su antojo, y no solamente de él, sino de todas las partes del carruaje que le están subordinadas.Si proseguimos con esta comparación entre un hombre contemporáneo típico, con sus pensamientos, sus sentimientos, su cuerpo, y un coche-taxi con caballo y cochero, nos aparecerá claramente que en cada una de las partes que constituyen esos dos agregados han de formarse hábitos, necesidades y gustos netamente definidos, que no pertenecen sino a dicha parte. En efecto, conforme a su diversidad de origen, a las condiciones de su formación y a sus posibilidades particulares, han de constituirse en cada una de ellas su propio psiquismo, sus propias nociones, sus propias reglas subjetivas, sus propios puntos de vista, y así sucesivamente …El conjunto de las manifestaciones del pensar humano, con todas las inherencias propias de su funcionamiento y todas sus particularidades específicas, corresponde en casi todos sus aspectos a la esencia y a las manifestaciones de un típico cochero de plaza.
Es, como todos los cocheros de plaza en general, del tipo “Isidoro”. No es completamente iletrado, ya que la legislación de su país ha decretado la “instrucción pública obligatoria” y en su infancia tuvo que gastar de tiempo en tiempo el fondo de su pantalón en los bancos de la “escuela de hermanos de la parroquia”.
Aun cuando él mismo viene del campo y ha permanecido tan ignorante como sus compañeros que se quedaron en el pueblo, sin embargo, llamado por su profesión a rozarse con gente de nivel y educación diferentes, ha recogido de aquí y de allá toda una colección de expresiones que abarcan nociones variadas; y ahora mira desde sus alturas, con perfecto desdén, todo lo que viene del pueblo, rechazándolo con indignación como “obscurantismo”.
En resumen, es un tipo a quien se aplica perfectamente este adagio: “Corneja, corneja, pierdes tu tiempo, jamás serás un pavo real”.
Se considera a sí mismo competente, hasta en materia de religión, de política y de sociología. Con sus iguales, le gusta discutir; a aquellos que considera inferiores a él, los enseña; con sus superiores, se muestra adulador, servil; “se pone en cuatro patas ante ellos”.
Una de sus mayores debilidades es la de correr tras las mucamas y las cocineras del barrio, pero lo que le gusta por encima de todo, es, después de una gran cuchipanda, saborear una o dos copitas; luego de lo cual, plenamente saciado, medio amodorrado, sueña …
Para satisfacer sus debilidades, roba regularmente una parte del dinero que le ha confiado su amo para el forraje del caballo.
Como todo “mercenario”, nuestro Isidoro no anda sino a garrotazos, y si le da por hacer algo sin ser acosado, siempre es en espera de una propina.
Esa atracción de la propina lo ha llevado poco a poco a adivinar ciertas debilidades de la gente con quien trata, para sacar provecho de ellas, y automáticamente ha aprendido a valerse de artimañas, a adular, y a “untar vaselina”, en dos palabras, a mentir.
Tan pronto se presenta una ocasión y él tiene un momento libre, se cuela en un café o en un bar donde se queda horas soñando despierto ante un vaso de vino, conversando con un tipo de su especie, o bien leyendo el periódico.
Trata de tener aspecto imponente, lleva barba y, si es flaco, rellena su indumentaria a fin de parecer más importante.
En cuanto al centro del sentimiento, el conjunto de sus manifestaciones y el sistema entero de su funcionamiento corresponden de lo mejor al caballo del “coche-taxi”.
Esta comparación del caballo y de la organización del sentimiento humano nos permitirá además poner en evidencia el carácter erróneo y unilateral de la educación infligida hoy a la generación joven.
El caballo, como consecuencia de la negligencia de que dieron prueba todos los que lo rodearon desde su más tierna edad, y por el hecho de su constante soledad, se ha encerrado de cierto modo en sí mismo: en otras palabras, su “vida interior” se ha visto reprimida, y él ya no dispone, para sus manifestaciones exteriores, más que de la sola fuerza de inercia.
Debido a las anormales condiciones circundantes jamás ha recibido educación especial; ha crecido y se ha formado bajo la sola influencia de palizas brutales y de perpetuas vociferaciones.
Siempre lo han mantenido con trabas; y en cuanto a su alimento, a guisa de heno y de avena, nunca ha recibido más que paja, lo cual en nada corresponde a sus necesidades reales.
No habiendo percibido jamás en ninguna manifestación de quienes lo rodean, el menor signo de ternura o de amistad, el caballo está listo ahora a darse con todo su ser a quien le haga la menor caricia.
Tan es así que las tendencias del caballo, privado de toda aspiración y de todo interés, deben concentrarse inevitablemente en comer, beber y en una atracción automática por el otro sexo; por eso ronda siempre ahí donde puede satisfacerlas y si por casualidad divisa algún paraje donde una de sus necesidades ha sido satisfecha tan sólo una vez, aguarda el momento propicio para escapar hacia allá.
Hay que agregar además que, aun teniendo una comprensión muy débil de sus deberes, el cochero es, a pesar de todo, capaz de pensar, por lo menos un poco lógicamente, y teniendo en cuenta el mañana, buscar, por temor a perder su empleo, o con la esperanza de recibir una recompensa, hacer algo por su amo sin verse literalmente forzado a ello. Pero el caballo, falto de toda educación especial, adaptada a su naturaleza, no ha recibido en el tiempo requerido ningún dato que le permita manifestar las aspiraciones que exige una existencia responsable; por lo tanto no puede comprender, y no puede siquiera esperarse de él que comprenda, por qué debería él hacer algo. De modo que considera sus obligaciones con una total indiferencia y sólo trabaja por temor a una paliza suplementaria.
En cuanto al carruaje, que en nuestra analogía corresponde al cuerpo considerado aisladamente de las otras partes independientes de la presencia general del hombre, su situación es aún peor.
Ese carruaje, como todos los carruajes, está hecho de materiales diversos. Su construcción es de lo más complicada. Había sido destinado – lo cual parecerá evidente a todo hombre de juicio sano – al transporte de toda clase de carga, y no al uso que de él se hace hoy, es decir, sólo al transporte de clientes de paso.
La causa principal de los innumerables malentendidos de los que es víctima se debe al hecho de que había sido previsto para circular por los caminos vecinales, y a que los maestros carroceros habían dispuesto en consecuencia ciertos detalles interiores de su construcción.
Por ejemplo, el principio de engrase – que es una de las principales necesidades de un vehículo hecho de materiales múltiples – había sido concebido de tal manera que la grasa pudiera esparcirse por todas las piezas metálicas, bajo la sola acción de las sacudidas debidas a los tumbos inevitables en tales caminos. Pues bien, ese carruaje, destinado a pequeños caminos vecinales, se estaciona la mayor parte del tiempo en la ciudad, y cuando rueda, es por avenidas asfaltadas, planas como mesas de billar.
A falta de sacudidas, el engrase de todas las piezas ya no se hace uniformemente; de modo que algunas de ellas acaban por oxidarse y ¡dejas de cumplir la función que les había sido asignada.
Por regla general, un carruaje rueda bien mientras sus partes móviles están bien engrasadas. Cuando no lo están suficientemente, se recalientan y, al ponerse al rojo, dañan las piezas vecinas. Además, si hay exceso de grasa en alguna parte, la buena marcha del carruaje peligra. En uno u otro caso, se hace cada vez más difícil para el caballo tirar de él.
El cochero contemporáneo, nuestro “Isidoro”, ignora todo esto. No tiene la menor idea de esa necesidad de un engrase uniforme de su carruaje, e incluso si lo engrasa, lo hace sin verdadero conocimiento, de oídas, siguiendo ciegamente las sugerencias del primero que pasa.
Así que, cuando ese carruaje, ahora más o menos adaptado a carreteras planas, debe, por alguna razón, arriesgarse por un atajo, siempre le sucede algo: a veces es una tuerca que salta; otras es un perno que se tuerce – siempre hay una pieza que se descompone: y después de tales tentativas, el viaje raramente termina sin reparaciones más o menos considerables.
En todo caso, se ha vuelto hoy cada vez más peligroso usar ese carruaje para los fines a los que estaba destinado.
Si uno se pone a repararlo, hay que desmontar todo primero, examinar las piezas una por una, y como siempre en semejante caso, bancarias en petróleo para limpiarlas bien, antes de montarlas de nuevo. Además, muy a menudo, resulta urgente cambiar una pieza importante; todo esto no es grave si sólo se trata de una pieza económica, pero a veces sucede que la reparación cuesta más que la compra de un coche nuevo.
Pues bien, está claro que todo cuanto se ha dicho a propósito de las distintas partes cuyo ensamblaje constituye un “coche-taxi” se aplica exactamente a la organización general de la presencia del hombre.
Por la ausencia, entre nuestros contemporáneos, de todo conocimiento y de toda capacidad para preparar convenientemente a los adolescentes con miras a una existencia responsable, educando las diferentes partes que componen su presencia general, cada hombre parece hoy como algo verdaderamente absurdo y cómico en extremo, que presenta, volviendo a nuestro ejemplo, un cuadro como el siguiente:
Un carruaje último modelo, apenas salido de la fábrica, barnizado por auténticos carroceros alemanes de la ciudad de Barmen, y entre las varas, esa clase de caballo que llaman en el país de Trancaucasia un “dglozi-dzi”. (“Dzi” quiere decir: caballo; “Dgloz” era el nombre de cierto armenio, experto en el arte de comprar y desollar jamelgos.)
En el asiento de ese carruaje de gran estilo está un cochero somnoliento, mal afeitado, hirsuto, con una levita grasienta que ha recogido en el basurero donde la había tirado como un harapo, Menegilda la ayudante de cocina. En la cabeza reluce un nuevo y flamante sombrero de copa, réplica exacta del de Rockefeller, mientras en su solapa resplandece un enorme crisantemo.
Y el hombre contemporáneo ha de presentar inevitablemente ese aspecto bufón, pues desde el primer día de su aparición, esas tres partes formadas en él -las que a pesar de ser de origen diferente y poseer cada. una de ellas unas propiedades de calidad distinta, habrían debido, sin embargo, para servir a una meta única, desde la entrada del hombre en la existencia responsable, constituir por su conjunto mismo su “todo integral”- comienzan a “vivir aisladamente”, por así decir, y a fijarse cada una en manifestaciones específicas sin acostumbrarse nunca a prestarse mutuamente el soporte automático indispensable, ni a comprenderse unas a otras, aunque fuese de manera aproximada; así que, más tarde, cuando se requieren manifestaciones concertadas, éstas no pueden producirse.
Por cierto, gracias al “sistema de educación de la nueva generación”, ya sólidamente establecido en la vida del hombre – y cuyo único principio consiste en enseñar a los alumnos a repetir de memoria, hasta embrutecerlos completamente, una multitud de palabras y expresiones faltas de sentido, y a hacerles reconocer, por la sola diferencia de sonoridad, la realidad que estas palabras se supone significan- el cochero es todavía capaz de explicar mal que bien a aquellos que son de su mismo tipo, los deseos que él experimenta, y a veces de comprender un poco a sus semejantes.
Por su cháchara con los demás cocheros, mientras espera clientes, y por su “flirteo” repetido en el umbral de las puertas con las sirvientas del vecindario, nuestro Isidoro ha llegado a asimilar diversas formas del “savoir-vivre”.
Se ha adaptado igualmente a las condiciones exteriores de la vida de los cocheros en general; por ejemplo, se ha automatizado a distinguir una calle de otra y a encontrar frente a una vía interrumpida por causa de reparaciones, cualquier otro camino para llegar a la dirección solicitada.
¡Pero el caballo … Aún cuando es cierto que esa funesta invención contemporánea que llaman “educación” no se extiende hasta él -lo cual protege a sus facultades hereditarias de la atrofia- su formación se efectúa, sin embargo, en las condiciones anormales del proceso de existencia ordinaria; crece así olvidado de todos, como un huérfano, y por añadidura maltratado, sin adquirir nada que corresponda ni al psiquismo bien determinado de su cochero, ni a su saber, de modo que permanece completamente ignorante de las formas de las relaciones recíprocas vueltas habituales al cochero, y no se establece entre ellos en definitiva ningún contacto que les permita comprenderse.
A pesar de eso, puede que, en su vida encerrada, el caballo llegue a descubrir alguna forma de relación con su cochero, y hasta familiarizarse con algún “lenguaje”; pero por desgracia el cochero lo ignora y ni siquiera sospecha que eso sea posible.
Aparte el hecho de que, en esas condiciones anormales, no se constituye ningún dato entre el caballo y el cochero para permitirles, por poco que sea, comprenderse automáticamente, hay además muchas razones exteriores, independientes de ellos, que les arrebatan toda posibilidad de alcanzar juntos la meta única a la que fueron destinados.
En efecto, así como las diferentes partes independientes de un “coche-taxi” están ligadas entre sí, el coche al caballo por las varas y el caballo al cochero por las riendas, asimismo, todas las distintas partes de la organización general del hombre están ligadas entre sí, el cuerpo con la organización del sentimiento por la sangre, Y la organización del sentimiento con la del pensar por lo que se llama “ganbledzoin”, o sea por esa substancia que se constituye en la presencia general del hombre a partir de todos los esfuerzos eserales intencionalmente cumplidos.
El deplorable sistema de educación actual ha llevado a tal resultado que el cochero ha dejado de tener la más mínima influencia sobre su caballo; apenas si puede suscitar en el consciente del animal, por medio de las riendas, estas tres ideas: derecha, izquierda y alto.
Aunque eso no siempre es así, pues las riendas generalmente están hechas de materiales que reaccionan a todos los fenómenos atmosféricos: por ejemplo, bajo una lluvia torrencial, se hinchan y se alargan; cuando hace calor, sucede lo contrario; de modo que su acción sobre la sensibilidad automatizada de percepción del caballo es variable.
Lo mismo se produce en la organización general del hombre ordinario cuantas veces se modifica en él, bajo el efecto de una impresión cualquiera, lo que podría llamarse “la densidad y el ritmo del ganbledzoin”: su pensamiento pierde entonces toda posibilidad de acción sobre la organización del sentimiento.
Así pues, resumiendo todo cuanto acaba de decirse, debemos, querámoslo o no, reconocer que todo hombre debe esforzarse por tener su propio “Yo”; de otro modo, no será jamás sino un “coche-taxi” en el cual podrá tomar asiento cualquier pasajero, quien dispondrá de él a su antojo.
G. Gurdjieff - “Relatos de Belcebú a su nieto”.
La fragmentación del Ethos en el mundo contemporáneo marzo 10, 2010
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Por Gilberto Safra - Universidad de San Pablo
El ser humano, a fin de que pueda acontecer y surgir como sí mismo, necesita iniciar su proceso de constitución a partir de una posición, de un lugar. Ese lugar no es un lugar físico, es un lugar en la subjetividad de un otro. No es cierto que por el hecho de que un niño haya nacido, eso garantice que él haya tenido un inicio como un ser participante del mundo humano. Es muy grande el número de personas que viven en el mundo sin pertenecer a él, que viven en él sin que hayan tenido inicio como un ser frente a un otro. Es necesario, para el acontecer humano, que el niño sea recibido y encontrado por un otro humano, que le dé ese lugar, que le proporcione el inicio de sí mismo. No es posible hablar de alguien sin que se hable de un otro.
Winnicott (1951) afirmó que “no existe un bebé sin su madre”. Esto señala un principio fundamental para la comprensión del ser humano: no existe el ser humano sin el otro, el ser humano acontece en el mundo. Ese acontecimiento originario inicia al niño en un proceso de temporalización, pues, en el momento en que el niño nace en la subjetividad de alguien, pasa a tener una historia personal. Evidentemente, la historia personal viene precedida de concepciones asentadas en tradiciones, mitos, pero ese momento originario significa que el niño nace en un mundo humano encontrando un sentido de temporalidad, derivado del encuentro de su cuerpo con la corporeidad del otro. Encontramos aquí una aproximación al concepto ruso de sobornost, que afirma que cada ser humano es singularización de toda historia humana. En cada persona acontece el encuentro entre los antepasados, los contemporáneos y aquellos que aún vendrán.
El acontecer humano demanda la presencia de un otro. Las primeras organizaciones psíquicas del bebé, la entrada en la temporalidad, la apertura de la dimensión espacial, la personalización sólo se constituyen y ganan realización por la presencia de alguien significativo. La temporalización se da, inicialmente, por el interjuego entre las personas en el medio ambiente y el niño. Es un tiempo que acontece a partir del ritmo de la corporeidad humana. La presencia humana significa el respirar, la pulsación cardíaca, el ciclo de amamantamiento. Está aquí el aparecimiento del sentido temporal y de la subjetividad. Son ritmos que indican la presencia de un otro, bañan el cuerpo del niño con la presencia humana. El cuerpo del niño, por medio de variaciones de temperaturas, texturas, luces y formas, encuentra en el mismo gesto o en formas estéticas la presencia de sí y la presencia materna. (Safra 1999).
Con eso quiero señalar que el origen de la subjetividad humana se da en ese registro de los intercambios sensoriales que alcanzan el registro de códigos significantes, elementos que indican la presencia humana y que originan el idioma del par madre-bebé. Ese idioma tiene importancia no sólo por ser un campo de codificación, sino también por ser una organización que acontece a lo largo del tiempo. A medida que la experiencia estética de ese par tiene continuidad, el bebé tiene la oportunidad de existir en formas sensoriales, él se torna un ser viviente en el mundo humano. Un niño que aún no dispone de instrumental que le permita intermediar la relación con el mundo a través del campo simbólico es extremamente afectado por los sentidos de temporalidad y por las organizaciones espaciales que le son ofertadas estéticamente.
Hanna Arendt (1958) nos enseña que la realidad del mundo es garantizada por la presencia de los otros. El mundo consiste en las cosas, que deben su existencia a los hombres y que, a su vez, también condicionan a los autores humanos. Así, todo lo que se adentra en el mundo humano se torna parte de la condición humana. El trabajo y su producto, los artefactos humanos, prestan permanencia y durabilidad al carácter efímero del tiempo humano. A cada nacimiento, el nuevo comienzo puede hacerse sentir en el mundo, porque el recién-llegado posee la capacidad de iniciar algo nuevo: actuar. Nos adentramos en el mundo al nacer y lo dejamos al morir. El mundo trasciende la duración de nuestra vida, tanto en el pasado como en el futuro. Él preexistía a nuestra llegada y sobrevivirá a nuestra breve permanencia. El nacimiento humano y la muerte de seres humanos no son acontecimientos simples y naturales, sino que se refieren a un mundo al cual vienen y del cual parten, como individuos únicos, entidades singulares, impermutables e irrepetibles.
En la situación clínica, innumeras veces he oído pacientes hablar de un tipo de sufrimiento de una manera bastante próxima a aquellas formulaciones utilizadas por Arendt para referirse a la condición humana.
Sin duda, se puede afirmar que es preciso entrar en el mundo para que el individuo se sienta vivo y existente, pero tiene que ser de una manera singular y personal. No basta, para la humanización del bebé, que el mundo esté listo con sus estéticas, con sus códigos, con sus mitos. El niño precisa, por su gesto, transformar ese mundo en sí mismo. Es preciso que el mundo, inicialmente, sea el niño mismo, para que éste pueda apropiarse del mundo y compartirlo con otro.
La realidad compartida es construcción de muchos, es campo en que existe la construcción de todos. Con Arendt, podríamos afirmar que la Existencia es lo que aparece a todos.
Por medio de la experiencia de omnipotencia, el bebé crea su madre, y eso le posibilita su entrada en el mundo. Es un momento en que, por su gesto, él recrea el mundo preexistente a su imagen y semejanza, transformándolo, por intermedio de su madre. Este también es el punto en que se constituye la dimensión étnica de su ser, pues, en la medida en que el bebé toma el cuerpo materno como el propio, se organiza según los aspectos étnicos de la comunidad en que nació. Esos elementos étnicos se desarrollan y ganan sofisticación a lo largo del desarrollo, por la convivencia del niño con las personas de su medio ambiente, por la apropiación del ethos, reflejado en la corporeidad, en las emociones y actitudes de esos otros significativos. La situación que no ocurre frente al otro ser humano surge y se esfuma como una mirada desprovista de la realidad del mundo compartido. Este es el punto de partida para que el individuo venga, a lo largo de su historia, a alcanzar los diferentes matices del habitar el mundo compartido con otros.
Con la maduración del bebé humano, en la medida en que la persona camina rumbo al campo social, surge la necesidad de que el individuo pueda articular, al mismo tiempo, la vida privada y la vida social, para encontrar, en el campo social, inserciones que preserven su estilo de ser y su historia. Es el momento de la participación en la sociedad por medio del trabajo, del discurso, de la obra, de la acción política, o sea, de la capacidad creativa aconteciendo en el mundo con los otros. Por la acción creativa en el mundo, el hombre colabora con la durabilidad del mundo y con el proceso histórico de la sociedad.
Simone Weil (1943) tiene colocaciones muy lúcidas con respecto a esas cuestiones. Ella nos enseña que el ser humano tiene una raíz por su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad, que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y cierto presentimiento del futuro. Ella nos alerta para las consecuencias del desenraizamiento, que pueden darse por el desempleo, la mala calidad de situaciones de trabajo, inmigración, falta de instrucción. Para ella, el desenraizamiento es la más peligrosa enfermedad de las sociedades humanas, pues se multiplica a sí misma. Los desenraizados, según ella, sólo tienen dos comportamientos posibles: o caen en una inercia del alma, equivalente a la muerte, o se lanzan en una actividad que perpetúa el desenraizamiento, pudiendo originar situaciones de intensa violencia.
En nuestra época, ese tipo de problemática es bastante serio. Nuestra cultura se manifiesta, en la actualidad, de una manera que ya no refleja más la medida humana. Recrear el mundo y el campo social se torna más complicado, pues, por la invasión de la técnica como factor hegemónico de la organización social, el ser humano sólo raramente encuentra la medida de su ser, de modo que le permita el establecimiento del sentido de sí en cada uno de los niveles de realidad para la constitución y el devenir de su ser.
En los tiempos actuales, los medios de comunicación en masa nos suministran un mundo de informaciones por medio de organizaciones estéticas. La estética de la mass-media está asentada en el mundo de la informática y ella nos presenta una temporalidad cada vez más veloz y más distante del tiempo de la corporeidad y de la subjetividad humanas. La mass-media nos proporciona también el espacio virtual. Son esas perspectivas estéticas que transbordan hacia las diferentes áreas de la vida humana. Es el mundo de la comunicación. Para el ser humano es fundamental la posibilidad de comunicarse con el otro, pero también de no tener comunicación. Es importante, para el hombre, tener visibilidad en el mundo, pero también ocultarse del mundo. El mundo organizado por la digitalización promueve organizaciones estéticas en que las condiciones necesarias para el aparecimiento de la subjetividad humana son rotas.
La ciudadanía, en esta perspectiva, se instaura por la posibilidad que tiene el ser humano de insertar su singularidad por medio de su gesto. Cuál es la porosidad del mundo actual para acoger un gesto que pueda crear lo inédito en el campo de lo mismo? La creatividad celebrada por la mass-media, la mayoría de las veces, seduce al ser humano con lo ya establecido, con una inmanencia sin trascendencia, lo que le lleva al olvido de su gesto, al olvido de sí y de sus raíces. El resultado de ese fenómeno es el aparecimiento de nuevas formas de subjetivación y de la violencia como expresión de fracturas éticas sufridas y no reconocidas por el otro. El arte, la cultura tiene una posibilidad bien fecunda de curar al hombre contemporáneo por medio de una acción resistente que abra la memoria del ethos humano y de su ética.
En la actualidad, testimoniamos innumerables formas de sufrimiento psíquico derivadas de fracturas de la ciudadanía, fracturas de la ética. Sin embargo, cada modalidad de fractura ética exige del profesional un manejo específico de la situación de sufrimiento que pretende cuidar.
A fin de contribuir con la discusión del tema iré a presentar las diferentes formas de sufrimiento psíquico, con potencialidad de generar comportamientos violentos, que he encontrado en la clínica:
1-Humillación: esa situación es derivada de un proceso de exclusión social en que el ser humano es no sólo impedido de participar del campo social como un todo, sino fundamentalmente visto por las personas de las clases dominantes como inferior y despreciable. El resultado es un sentimiento de vergüenza de sí, que interdicta los gestos de la persona y que podrían poner en marcha su devenir con los otros y también la posibilidad de una acción política que pudiera venir a transformar su situación social. Esa condición subjetiva se agrava cuando atraviesa diferentes generaciones, pues, siendo así, el paciente puede ya haber perdido la memoria del evento que originó la humillación. No es raro ese cuadro ser confundido con un problema de narcisismo, lo que constituye un equívoco lamentable. En esos casos, la transferencia establecida en la situación analítica reproduce la experiencia de humillación y frecuentemente el paciente camina en el proceso hasta que un gesto que ponga en cuestión la situación del trabajo pueda venir a ser reconocido como el gesto que busca instaurar la dignidad.
2-Desenraízamiento: Ese fenómeno ocurre cada vez con mayor intensidad en el mundo contemporáneo. El más habitual es considerar que el desenraizamiento acontece en el registro étnico. En verdad, es algo que tiene una amplitud mucho mayor, pues el desenraizamiento ocurre en el registro étnico, en el estético, en el ético.
2.1- El desenraizamiento étnico se da por la pérdida de la conexión con los elementos sensoriales y culturales que remiten el ser humano a la memoria de su origen. Surge aquí un tipo específico de soledad que aparece fenomenológicamente como una imposibilidad de pertenecer y de encontrar sus “iguales”. En esos casos, es fundamenta l que el profesional no confunda esa situación con cuadros derivados del uso de mecanismos de tipo esquizoide. Aquí, el analista, en la transferencia, será el mediador posible de la conexión con los elementos que restablezcan la etnia fragmentada.
2.2- El desenraizamiento estético ocurre con frecuencia en el mundo actual. Acontece por el hecho de que las organizaciones estéticas de nuestra época poseen poca relación con la organización corporal humana. El cuerpo demanda organizaciones rítmicas, temporales y espaciales que sean emparentadas con sus ritmos y dimensiones. Organizaciones estéticas excesivamente abstractas, derivadas de la estética de las máquinas o del mundo digital lleva a un tipo de enfermedad vivida como un tipo de enloquecimiento, en que el cuerpo deja de ser un lugar de alojamiento de la psique. Es frecuente, en esos casos, que aparezca en la persona la necesidad de venir a organizar las dimensiones temporales y espaciales en la situación de consulta psicoterapéutica, para poder encontrar la experiencia de descanso, de no-invasión, con la consecuente apropiación del cuerpo como propio.
2.3- El desenraizamiento ético surge en un mundo que no siempre es regido por el respeto y por una responsabilidad por lo humano. La condición humana le informa al niño, antes de cualquier adquisición intelectual, sobre el ethos humano. Todo lo que no esté alineado en esa perspectiva es vivido por el niño como una situación traumática y violenta, pero que no puede ser representada, debido a la inmadurez del niño. Esos niños acaban teniendo una perspectiva de vida desesperanzada, y frecuentemente en la adolescencia adoptam una ideología nihilista, pudiendo desarrollar un comportamiento antisocial. Esas personas necesitan que el profesional sufra con ellas el terror de la violencia que vivenciaron y anhelan que se pueda reconocer que lo que vivieron no fue ético. También aquí cabe resaltar la importancia de no confundir esos casos con una simple depresión afectiva, o con supuestas personalidades constituidas con baja tolerancia a la frustración.
3- Invisibilidad: Esos pacientes viven una experiencia de no ser vistos en el campo social. Se trata de una situación que frecuentemente viene acompañada por el sentimiento de humillación, pero la experiencia de no ser visto gana preponderancia. En nuestro mundo, personas que ocupan posiciones de poco prestigio social, habitualmente, pasan desapercibidas por los otros. El malestar derivado de esa situación es grande, pudiendo generar una desesperanza y amargura, o en casos extremos irrumpir comportamientos violentos como única forma de alcanzar alguna visibilidad. En la clínica, son personas que por haber vivido un impedimento de existir, buscan no ocupar espacio en la situación de la consulta clínica. Algunas veces temen ser vistas por el psicoterapeuta y se molestan cuando se sienten observadas: la fantasía es de estar usufructuando lo indebido.
4-Tecnología opresora: En nuestro tiempo convivimos con un gran desarrollo tecnológico, que si por un lado propició una vida más confortable para el ser humano, por otro llevó a una organización de mundo en que las propias relaciones interhumanas son mediadas tecnológicamente. Existe una abundancia de técnicas varias: pedagógicas, psicológicas, médicas. El niño desde temprano tiende a tener su vida organizada por especialistas, de manera que testimoniamos, hoy en día, niños con agendas tan llenas cuanto un ejecutivo de una multinacional. Encontramos, en la clínica contemporánea, personas que en reacción a un mundo constituido de esa forma, se organizan para fuera del mundo. Aquí vemos surgir una aflicción derivada del hecho de que el ser humano encuentra situaciones de vida que son antihumanas. Por ejemplo: en la actualidad tenemos la presencia de temporalidades antihumanas que rigen la vida humana, porque no tienen resonancia con el ritmo de la corporeidad humana. Hay relaciones humanas que no más son mediadas por códigos humanos, sino mediadas por códigos digitales. Ese fenómeno acarrea un tipo de sufrimiento al ser humano que le astilla su ethos. Cuando un niño se depara con ese tipo de experiencia, se siente atravesado por un enigma, que es enloquecedor. Son subjetividades anti técnicas y sufren por no sentir que participan del mundo humano; por otro lado, no soportan vivir en un mundo que se ha olvidado del gesto simple. Suelen describirse como sombras o espectros. En otro artículo busqué caracterizar ese tipo de problemática y los denominé espectrales. Quien fue aprisionado en una experiencia enigmática se encuentra en una situación que lo encarcela en una experiencia confusional. Necesitan que su relación con el profesional les devuelva a lo simple y a lo originario de la condición humana. Precisan de palabras frescas que les apunte que un decir aún es posible. Muchas veces son confundidos con pacientes esquizoides, pero los espectrales son los profetas de nuestro tiempo. Son aquellos que guardan la memoria de lo humano y la esperanza de un porvenir.
Esas modalidades de sufrimiento pueden enseñarnos mucho sobre los fundamentos de la condición humana, para que podamos estar abiertos a un saber que viene del dolor vivenciado en el mundo contemporáneo y que nos coloca en contacto con los grandes elementos de cura del alma humana: la cultura, lo sagrado, la poesía!
Referencias bibliográficas:
ARENDT, H. (1958). A condición humana. Rio de Janeiro: Forense Universitária, 1997.
SAFRA, G. A face estética do Self. Unimarco: São Paulo, 1999.
WEIL, S. (1943). O enraizamento. In: Bosi, E. (org.). Simone Weil. A condição operária e outros estudos sobre a opressão. Rio de Janeiro: Paz e Terra, 1996.
WINNICOTT, D. (1951). Objetos e fenômenos transicionais. In: Textos selecionados: da pediatria à psicanálise. Rio de Janeiro: Francisco Alves, 1993.
